SOLEDAD EN LOS MENORES
la mayor soledad del menor Imagen de Juegoideas.com, con la frase del Maestro Francesco Tonucci (1940-), psicopedagogo y pensador Nada más triste que ver un niño o adolescente solo, rodeado de otros iguales en el centro escolar. Lucía, Isaac, Hugo, Zoe… Conocemos sus nombres, los vemos cada día en el Colegio y el Instituto, curso tras curso, y la situación no cambia, más bien al contrario. Están solos, muy solos, porque están rodeados de personas de su edad que ríen, discuten, juegan o se pelean, pero ellos no. Ellos pasan muchas horas cada mañana sin hablar, si no les pregunta el adulto, la profe, el conserje. Imaginen estar en su piel tan solo un día, vivir lo que ellos viven semana tras semana, mes, curso y otro curso, en un bucle de incomunicación extrema, expuestos a las miradas fugaces de curiosidad en el mejor de los casos, o a las burlas y el acoso en no pocos momentos, para terminar de hacerlos sufrir. Porque es eso, es sufrimiento, a veces refinado pero siempre doloroso. No hablamos de la soledad buscada, circunstancial, que nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, no. Se trata de una soledad a la que han llegado sin darse cuenta, porque eran distintos en sus intereses, en su forma de hablar, de relacionarse. Algo que les hizo comunicarse cada vez menos, rendirse poco a poco y optar por refugiarse con la cabeza gacha y la mirada esquiva, pasando cada vez más tiempo en su mundo, que les condujo a no desarrollar las habilidades sociales que otros iban perfeccionando, en un proceso acumulativo que al llegar a la adolescencia ya no podía ser maquillado ni disimulado. Afortunadamente, buena parte de ellos lo superará al llegar a adultos, aunque siempre tendrán una punzada de dolor cuando vuelvan la vista atrás. El resto quedará marcado durante muchos años, a veces de manera indeleble hasta el fin de sus días, y trágicamente no pocas veces será uno de los motivos que precipite este fin. ¿Y qué hacemos por ellos? Una palmadita en la espalda al cruzarnos, montar un aula de ajedrez o un taller de robótica, y poner un parte por mala conducta al gallito que busca su momento de gloria riéndose de ellos. Al llegar a casa, puede que detectemos que algo va mal, pero evitamos preguntar porque no sabemos si vamos a poder dar respuesta, sostener sus emociones, o nos quedamos con lo poco que dicen, quitándole importancia, pensando que ya pasará… ¿Es esto suficiente? Solo hay que mirar año tras año para ver que no. ¿De verdad que no podemos hacer más? Pues evidentemente… SÍ, CLARO QUE SÍ. Ilustración de IDRAW_SPB En el CENTRO ESCOLAR: Grupos de iguales: No conformar las aulas únicamente por criterios académicos o de buena/mala conducta al inicio de curso, sino por compatibilidad de intereses, rasgos y perfiles de personalidad. Facilitar tiempo y espacios reales, no anecdóticos, para compartir intereses comunes. Se podrían proponer actividades de refuerzo, donde sean seleccionados los alumnos con mayores desafíos para relacionarse, para que realicen actividades creativas en el centro que les hagan relacionarse entre ellos (por ejemplo, hacer algún mural entre todos, un grafiti, hacer los CANVAS para pósters del centro, etc.., y que orientadores o profesores sirvan de mediadores para la comunicación. Darle el lugar que se merece en el currículo a la gestión de habilidades, desde infantil, a la gestión de las emociones, a la ética y los valores, a la adquisición de habilidades de comunicación y sociales. Ratios decentes y profesores de apoyo especializados, para no saturar a los docentes. Formación específica al docente, con una reducción drástica de la burocracia para que pueda centrarse en aportar valor y calidad al tiempo con el alumnado. Ilustración del libro » El niño, el topo, el zorro y el Caballo», del libro Charlie Mackesy En CASA: Hablar con el centro educativo, para que tomen consciencia de la situación vivida del menor. Si no solucionan desde el centro escolar la situación de soledad, buscar otro centro escolar que se adecue a las necesidades específicas que requiera, evitando mantener al menor en situación de desprotección, previniendo problemas de salud mental y una sensación de soledad mayor. Fomentar diversidad de oportunidades de relación con iguales a través de actividades acordes a sus gustos, intereses o motivaciones. Si el menor expresa su malestar por no tener amigos o por sentirse solo, ofrecer la posibilidad de hablar de sus dificultades con sus seres queridos, desde la escucha y no juicio, y ofrecerle si le gustaría tener ayuda profesional para aprender habilidades sociales, de comunicación y gestión emocional. Observar señales de malestar intenso no verbalizado: problemas de alimentación, de sueño, dolores de cabeza, digestivos, musculares, negarse a ir de excursión o a fiestas con el grupo de iguales, abuso de pantallas, mucho tiempo en soledad en su habitación, no querer hablar de nada, dejar de disfrutar con lo que antes disfrutaba, en conclusión, sintomatología física y psicológica actual. Intentar conectar con el menor a través de sus intereses, para que a través de la actividad surjan los temas de conversación y tener espacios de familia o amigos cercanos para compartir. Sacarlos de sus rutinas, y viajar o visitar lugares desconocidos en la misma población, para que aprenda a estar en contacto con “lo desconocido”, “la incertidumbre”, de una forma controlada y acompañada por seres queridos. Incentivar actividades que generan seguridad personal como algún Arte Marcial de defensa personal, para que aumente la confianza en sí mismo. Ensayar a través de “rol-playing” … Leer más